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Once ideas con dueño: la historia (con abogados) del deporte más grande del mundo
Este artículo nació en el preciso instante en que la fiebre por el evento deportivo más grande del mundo comenzaba a apoderarse de todos este año. Nació de una conversación entre alguien que ama el fútbol desde la memoria de su abuelo, profesor de educación física, y alguien que ama la propiedad intelectual porque cree, profundamente, que las ideas también merecen historia, cuidado y dueño. Coco mira el fútbol como quien reconoce una herencia familiar. Yo lo miro desde otro lugar, quizás menos evidente pero igual de apasionante: desde las marcas, las patentes, los contratos, los derechos de imagen y todas esas creaciones invisibles que hacen posible que el deporte más grande del mundo sea también una de las industrias más poderosas del planeta.
Pero antes de que terminara este evento, decidimos escribir este artículo: no solo para hablar del Mundial que todos vemos, sino para demostrar que detrás del espectáculo deportivo hay ideas, derechos y decisiones que explican por qué el fútbol termina valiendo millones.

Cada Mundial se juega dos veces. Una, la que ve todo el planeta: noventa minutos, un balón, once contra once. La otra se juega lejos del césped, sin árbitro visible, entre registros, en contratos de patrocinio, licencias, derechos de imagen y, cada vez más, en tribunales. Esa segunda cancha lleva jugándose desde antes de que existiera la propia FIFA, y esta es su alineación titular: once historias reales y verificables que demuestran que en el fútbol nada ocurre por accidente. Todo tiene, o termina teniendo, un dueño.
Empecemos por la portería.
El dudoso gol que terminó en patente
En 1889, en un partido entre el Everton y el Accrington en Liverpool, un balón cruzó -o no cruzó- la línea de gol, y nadie pudo probarlo. Entre el público estaba John Alexander Brodie, ingeniero civil y aficionado del Everton, harto de discusiones que ningún ojo humano podía resolver. Su solución fue casi ridícula de simple: una bolsa de cuerda detrás de los postes. La patentó en 1890 bajo el nombre de “redes para porterías de fútbol y otros juegos”. Sin saberlo, Brodie acababa de inscribir una de las primeras piezas de propiedad industrial del fútbol moderno. Desde entonces, cada gol que el mundo celebra queda, literalmente, atrapado dentro de un invento registrado.

Si una red de cuerda podía tener dueño, imagínense lo que le esperaba a un trofeo de oro.
El trofeo que vale más muerto que vivo
La FIFA encargó al escultor francés Abel Lafleur una estatuilla dorada de Niké, diosa griega de la victoria, para coronar al primer campeón del mundo en 1930. Rebautizada Copa Jules Rimet, la pieza vivió más intriga que cualquier telenovela: robada en Londres en 1966 y recuperada por casualidad gracias a un perro llamado Pickles que la olfateó bajo un arbusto; entregada en propiedad definitiva a Brasil tras su tercer título en México 1970; robada de nuevo en 1983 en Río de Janeiro, esta vez para siempre, presuntamente fundida en lingotes de oro. Por eso, desde 1974, el trofeo que hoy se levanta, diseñado por el escultor italiano Silvio Gazzaniga, jamás sale físicamente de manos de la FIFA: los campeones reciben una réplica, y el original se blinda con la misma lógica con la que hoy se protege cualquier activo valioso.
Y no es una metáfora legal, es la letra de un documento, pues las propias Directrices de Propiedad Intelectual de la FIFA listan el “trofeo oficial” entre sus activos de marca protegidos, junto al logotipo, la mascota y el lema del torneo.
Su valor simbólico y comercial excede los 20 millones de dólares, y su protocolo de contacto es más estricto que el de cualquier pieza de museo: solo pueden tocarlo los futbolistas y entrenadores campeones del mundo, jefes de Estado y altos funcionarios de la FIFA. Las réplicas son, de hecho, uno de los productos que más persigue el programa antifalsificación de la organización. La lección de la Jules Rimet no es que se perdió un trofeo. Es que un símbolo, a diferencia del oro, no se puede fundir, pero sí se puede registrar, licenciar y perseguir en tribunales.

Del trofeo bajamos, literalmente, a los pies.
El pie también firma contratos
Alemania ganó su primer Mundial en 1954, en la célebre “final de Berna”, con un detalle que la prensa apenas notó: llevaban botines con tacos intercambiables, que un zapatero llamado Adi Dassler -fundador de Adidas- ajustaba según si la cancha estaba mojada o seca. No inventó él la idea original (la Oficina Alemana de Patentes registra una solicitud paralela de 1949 a nombre de Alexander Salot), pero fue Adidas quien la convirtió en leyenda deportiva. Lección número uno de propiedad intelectual: no siempre gana el que inventa, gana el que sabe proteger y contar la historia.
Dieciséis años después, en México 1970, el fútbol aprendió que las botas también podían actuar. Antes de un partido de cuartos de final, Pelé pidió al árbitro unos segundos para atarse los cordones. No fue casualidad: Puma le pagó $120,000.00 dólares por ese gesto, y hasta coordinó con el equipo de cámara para asegurar el primer plano, después de que su archirrival Adidas creyera haber blindado al astro brasileño con un pacto de no agresión entre ambas marcas, según la versión más repetida del marketing deportivo.

Ese mismo año, en Inglaterra, la marca danesa Hummel no tenía tiempo de fabricar botines a la medida del inglés Alan Ball, campeón del mundo con Inglaterra en 1966 y figura del Everton, así que le pintaron de blanco un par de Adidas comunes, ocultando las tres tiras de Adidas para que, en cámara, parecieran Hummel. Uno de los primeros grandes golpes visuales de unas botas blancas en el fútbol profesional televisado; el lunes siguiente se vendieron doce mil pares. 1970 quedó marcado como el año en que las botas empezaron a hablar tan alto como el resultado de los partidos.

Veinticuatro años más tarde, la lección se repitió casi calcada, esta vez con una patente de por medio. Craig Johnston, un ex jugador australiano del Liverpool, tuvo la idea de pegar goma de raquetas de tenis de mesa sobre una bota para mejorar el agarre con el balón, mientras entrenaba niños en Sydney. Adidas, Nike y Puma la rechazaron, hasta que Adidas reflexionó y compró los derechos en 1994 y nació la “Predator”. Esta se convirtió en una de las líneas de botas (tacos de fútbol) más reconocidas y rentables de la historia. La marca se quedó con el activo y el inventor, con la anécdota.
Por eso en propiedad intelectual se insiste tanto en ordenar la titularidad desde el inicio. Una creación puede empezar como experimento, como detalle o como ocurrencia; pero si funciona, mañana puede ser el activo más valioso de una marca.
Del calzado, subimos hasta el rostro.
Cuando el futbolista se convirtió, él mismo, en una marca
Los derechos de imagen en el fútbol no nacieron con Cantona, Beckham o Ronaldo Nazário. Nacieron, al menos formalmente, en un conflicto incómodo durante el Mundial de Alemania 1974. Johan Cruyff, neerlandés, tenía un contrato personal con Puma, mientras la selección de los Países Bajos vestía Adidas. Cuando la federación negoció con Adidas y se negó a compartir con él lo que cobraba por ese acuerdo, Cruyff no se negó a jugar: pidió que le quitaran una de las tres rayas de su camiseta. Jugó los siete partidos del torneo con una camiseta de dos rayas, la única así en todo el equipo. “Me negaron mi parte diciendo que la camiseta era suya, y yo les dije que la cabeza era mía”, explicó años después. Fue, en esencia, el primer pulso público entre el derecho de imagen de un futbolista y los compromisos comerciales de la selección que vestía, casi cincuenta años antes de que cualquier abogado deportivo actual tuviera que resolver ese mismo conflicto en un contrato.
Dos décadas más tarde, esa tensión se convirtió en industria. Eric Cantona, rebelde de personalidad, convirtió hasta el cuello levantado de su camiseta en parte de su personaje, y así se convirtió en la voz de Nike Football. En “Good vs Evil” (1996) fue él mismo quien anotó el gol decisivo, un remate que atravesó al mismísimo diablo mientras murmuraba un lacónico “au revoir”. La marca no vendía solo su vestimenta. Vendía personalidad. David Beckham convirtió su nombre, y su pierna derecha, la de todos sus goles de tiro libre, en un activo tan cotizado como su propio talento. Ronaldo Nazário, el “Fenómeno”, vendía algo que ninguna fábrica podía producir en serie: una manera de regatear que parecía imposible.

Ahí el derecho de imagen dejó de ser una anécdota de vestidor, como la de Cruyff, para convertirse en una industria completa: el futbolista dejó de ser solo un trabajador bajo contrato laboral con su club, y pasó a ser, una plataforma de activos propios, capaz de generar regalías propias, separadas de su equipo, de su selección y hasta del torneo en el que jugaba.
Alguien tenía que organizar todo ese talento en un negocio. Ese alguien fue brasileño.
El presidente que convirtió el Mundial en una plataforma comercial
Casualmente, el mismo año en que Cruyff libraba su pulso con Adidas, João Havelange asumió la presidencia de la FIFA y se encontraba una organización todavía pequeña, con un puñado de empleados. Junto a Horst Dassler, hijo del fundador de Adidas, y al publicista Patrick Nally, diseñó algo que nadie había probado a esa escala: comprar en bloque los derechos comerciales del Mundial y revenderlos, por partes, a marcas globales, a cambio de exclusividad total. Les tomó más de dieciocho meses de insistencia, pero cuando Coca Cola comprometió una suma millonaria para convertirse en el primer patrocinador exclusivo mundial en la historia del deporte, el fútbol dejó de ser solo un juego. Se convirtió en una industria de marcas, licencias y contratos que seguimos habitando hoy.
México 1970, el mismo Mundial de la anécdota de Pelé, y el primero que consolidó al fútbol como espectáculo televisivo global en color, hizo el resto: convirtió cada segundo de transmisión en un activo intangible con precio propio. Y donde hay precio, tarde o temprano, hay una buena disputa.
El pulso que no se jugó en la cancha
Los noventa llevaron esa disputa a otro nivel. Coca Cola, aliada histórica de la FIFA desde los tiempos de Havelange, defendía su lugar como patrocinador oficial; Pepsi, sin ser patrocinador oficial del torneo, fichó a las estrellas del momento: Beckham, Roberto Carlos, Ronaldinho, Raúl González y Francesco Totti, para comerciales que hoy forman parte de la memoria publicitaria del fútbol, como el duelo del viejo oeste entre Real Madrid y Manchester United o el spot “Surf”, filmado entre las olas de Fiyi. Adidas ocupaba un lugar oficial dentro del ecosistema de FIFA; Nike, sin ocupar ese lugar dentro del programa oficial de patrocinadores, construyó su propio universo paralelo con campañas cinematográficas como la ya mencionada “Good vs Evil” (1996) y el recordado comercial del aeropuerto de 1998, dirigido por John Woo, que ayudó a convertir a la selección brasileña en una de las caras del “Swoosh” más reconocibles del universo.
Detrás de esas campañas había una disputa menos visible, pero igual de importante: la de los registros de marca, los contratos de exclusividad y los reglamentos que empezaban a trazar una línea todavía difusa entre creatividad publicitaria legítima y lo que hoy llamamos “ambush marketing” o mercadeo de emboscada: la maña de asociarse con un gran evento sin pagar un centavo por el derecho de hacerlo.
Esa línea, treinta años después, sigue siendo el deporte favorito de las marcas más listas del planeta. Y este Mundial lo probó otra vez.
La ausencia que se convirtió en el mejor comercial gratis
La FIFA aplicó con rigor su política de “recinto limpio” en el Mundial 2026: toda marca no patrocinadora debía cubrirse dentro de los estadios, incluso aquellas que le daban nombre al recinto por contratos de naming rights ajenos al torneo. Cuando le tocó el turno al Levi's Stadium de Santa Clara, la marca cubrió su logo con una lona blanca que, aun así, dejaba adivinar su silueta.
Gillette respondió en su estadio de Massachusetts con la idea visual de cubrir en el estadio su propio nombre con espuma de afeitar.
Hasta la comida fue víctima de la misma regla. En las zonas VIP y de prensa de los estadios, empleados de la FIFA cubrieron con cinta negra, envase por envase, los frascos de las salsas Heinz, que no es patrocinador oficial, incluyendo un trozo de cinta sobre una salsa Tabasco. Heinz respondió en redes con una fotografía de sus propios frascos censurados y el mensaje: “Puedes tapar el nombre, pero el sabor nos delata”, y ambas marcas usaron una conversación entre ellas como publicidad.
La FIFA ganó, técnicamente: ningún logo quedó visible en cámara. Pero sin pagar un dólar de patrocinio oficial, estas marcas se llevaron una cobertura mediática que difícilmente habrían conseguido con una pauta tradicional. En la era digital, hasta la ausencia comunica.
Esa misma lección se repitió, fuera de los estadios, en Alemania.
La marca que se volvió identidad nacional: cuando romper un contrato duele como perder una final
Esa misma tensión entre exclusividad, visibilidad y memoria de marca, aparece también fuera de los estadios. Porque si las reglas del Mundial pueden obligar a tapar un logo por unas semanas, un contrato de patrocinio puede borrar de una camiseta una historia construida por mucho tiempo.
Tras más de setenta años vistiendo a la selección alemana desde 1954 -la de los tacos intercambiables-, Adidas perderá ese patrocinio a partir de 2027, cuando Nike asuma el contrato técnico por una cifra que, según medios internacionales, duplicaría lo pagado hasta ahora. La noticia generó reacciones políticas y emocionales en Alemania: altos funcionarios calificaron la salida de Adidas como una pérdida de una parte de la identidad futbolística nacional. El episodio confirma algo que repetimos a diario a nuestros clientes: una marca bien asociada a un equipo no es un logo; es una construcción jurídica y emocional que tarda generaciones en levantarse y solo un ciclo de licitación en desmoronarse.

Y mientras las marcas pelean por la camiseta, el balón mismo empezó a generar propiedad intelectual que ni Brodie hubiera imaginado.
El fútbol que también se licencia
El Mundial 2026 ha demostrado que su valor también está en los datos que produce cada jugada. Balón conectado, fuera de juego semiautomatizado e inteligencia artificial arbitral generan información valiosa y así se abren preguntas nuevas: quién es dueño del software, quién licencia los sensores, quién controla las bases de datos de rendimiento y hasta dónde se puede reutilizar esa información; el fútbol moderno también se mide, se procesa y se licencia.
Y para cerrar el círculo, volvamos a los pies.
El color como activo de marca: la moda que vistió el Mundial 2026
Cincuenta y seis años después de aquella jugada de Hummel con las botas blancas de Alan Ball para que él brillara en cámara, Nike, Adidas, Puma y New Balance, terminaron apostando, cada una desde su propia estrategia, por una misma familia de tonos: colecciones enteras en “Electric Fuchsia”. No era casualidad. WGSN, consultora global que anticipa tendencias de moda, consumo y color, ya había señalado ese tono como una de las apuestas visuales de la temporada; y el Pantone Color Institute, división de Pantone dedicada al análisis y pronóstico de tendencias de color, ayuda a entender por qué el color también se diseña con intención comercial, precisamente porque genera el contraste más agresivo posible contra el verde de la cancha, ideal para pantallas de celular y repeticiones en cámara lenta. El resultado: un Mundial literalmente rosa. La estética es una decisión de mercadeo tan calculada como cualquier registro de marca, solo que en lugar de abogados la firman diseñadores de tendencias, luego las marcas la convierten en deseo, pero la Propiedad Intelectual debería llegar desde el inicio, antes de que aquello que parecía solo un color, una idea o un simple detalle, termine convertido en un activo.
El marcador final
Del ingenio de un hincha del Everton a los botines fucsia programados por un algoritmo de tendencias hay ciento treinta y seis años de historia, pero un mismo hilo conductor: el fútbol genera valor, y todo valor necesita un dueño, un contrato y una frontera legal que lo proteja. Para empresarios, federativos, directivos, los propios futbolistas y para quienes lo viven, entender esa arquitectura invisible (patentes, marcas, derechos de imagen, derechos de transmisión y las reglas de blindaje comercial) ya no es un lujo técnico reservado a los abogados.
Quien negocia hoy el fichaje de un jugador, la sede de un estadio o el patrocinio de una federación, está, lo sepa o no, negociando propiedad intelectual. El próximo gran capítulo de esta historia centenaria no se va a escribir en la cancha, sino en la mesa donde se firman esos contratos. Y ahí, como en toda final que se respete, conviene llegar bien asesorado.
Tal vez por eso este artículo tiene tanto sentido. El fútbol nos ha permitido ver la propiedad intelectual en movimiento, no como una materia independiente, de registros y contratos, sino como la forma en que una idea, cuando se cuida bien, puede convertirse en memoria, negocio e identidad y seguir creciendo sin perder su dueño o propietario.
Estas líneas nacieron entre la memoria futbolera y la obsesión por encontrar la propiedad intelectual en lugares donde casi nadie la está mirando.
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